La Librería

En un estrecho callejón de una ciudad cualquiera, había una pequeña librería, casi tan antigua como la propia ciudad, uno de esos lugares donde el tiempo se detiene cuando entras en él. Era la más conocida de la ciudad y no había vecino o viajero que no la hubiera visitado. No que poseyera una belleza singular pero algo había en ella que la hacía especial, y se llamaba Juana.

Juana había heredado los sabios consejos de su padre y regentaba la tienda con una tierna sonrisa y un don casi mágico para ofrecer al cliente en todo momento aquello que necesitaba. Yo visitaba frecuentemente aquel lugar, deslumbrado por el entusiasmo con el que Juana se desenvolvía en aquel universo de letras impresas hacinadas en estanterías, pulidas por el paso del tiempo y de los libros, y alegrada por las flores frescas que cada mañana colocaba delante de la puerta.

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Pero una mañana no encontré flores frescas en la puerta de la librería. Juana ya no podía ocuparse por más tiempo de su gran ilusión, una enfermedad se lo impedía. Ahora el relevo debía de tomarlo Laura, su hija.

Laura siempre había visto la tienda como un yugo que le ataría para siempre a esa diminuta ciudad que despreciaba. Sus pretensiones eran otras muy diferentes a las de quedar eternamente condenada a ese trabajo. Sin embargo, se vio obligada a tomar las riendas del negocio.

Laura acudía cada mañana a la librería con el único propósito de ver pasar las horas en el viejo reloj de pared de la entrada, deseando que llegara el momento de echar el cerrojo. Pero la espera era eterna y las horas se deslizaban muy lentamente en aquel viejo reloj.

Yo echaba de menos el dulce aroma de las flores frescas de Juana. Todos en la ciudad comentaban la difícil situación que estaba atravesando la librería y se rumoreaba que si la actitud de Laura persistía, la pequeña tienda cerraría sus puertas para siempre.

En una de esas sofocantes tardes de verano en las que el aire pesa como la tapa de una olla, Laura se asomó a la ventana y de pronto un impulso incontrolable le empujó a bajar a la calle. Comenzó a caminar sin rumbo, guiada únicamente por su instinto. De pronto un gran alboroto condujo sus pasos hacia la plaza, y allí ante su mirada atónita, se descubrió con una inmensa librería donde reinaba la cordialidad y la armonía. Entró en ella y descubrió que los libros cobraban vida y sus personajes intercambiaban experiencias y anécdotas en un ambiente distendido.

Laura no daba crédito a lo que estaba viendo, el aire estaba impregnado de una hermosa sensación de felicidad que le incomodaba. Lo único que pensaba era salir cuanto antes de aquel lugar.

Despertó sobresaltada y empapada en sudor. Había sufrido una auténtica pesadilla. Pero invadida por aquella sensación, saltó de la cama y, con el paso ligero y la respiración entrecortada, se dirigió hacia la librería con el anhelo de encontrar allí algo diferente. Sin embargo, cuando entró todo estaba exactamente igual a como lo había dejado. Decepcionada, se dejo caer en el suelo y cerró los ojos. De repente comenzó a oír a su alrededor voces que conversaban amigablemente, intercambiando opiniones alegremente. Laura abrió los ojos, la tienda destilaba un aroma especial y una brillante luz iluminaba todos los rincones. Los libros bailaban, el viejo reloj le dirigía un guiño, las mesas se reían y hacían la reverencia.

¿Qué estaba ocurriendo?

Laura comprendió. Todo seguía igual pero ella nunca se había detenido a observar lo mágico de aquel lugar y un nombre acudió a su mente: Juana. Comprendió que la tienda siempre había estado iluminada y llena de vida, pero su propio negamiento le había cegado. Su actitud negativa le impedía ver más allá de esos libros viejos. Se dio cuenta que no había elegido ni la actitud ni el camino adecuado. Pensó que si había sido capaz de soñar con una librería alegre y divertida, seguro que era capaz de crearla.

Aquella mañana, Laura puso flores frescas en la puerta de la librería.


José Enrique García – Director General de Equipo Humano – @JEGarciaLlop – joseenrique@equipohumano.com