Hasta hace poco era posible ver en los cines la espléndida Hannah Arendt, biopic sobre una de las filósofas más importantes del siglo XX. Basada en un hecho real, Arendtm, en calidad de reportera de la revista The New Yorker, cubrió el polémico juicio que tuvo lugar en Israel a principios de los años 60 contra el oficial nazi Adolf Eichmann. La autora dio lugar a una gran polémica al señalar cómo el oficial nazi, acusado de genocidio contra el pueblo judío en la segunda guerra mundial, no había sido más que un burócrata, un “funcionario” que, abandonando su juicio y razonamiento, había aceptado las normas de un sistema viciado, simplemente por el hecho de progresar profesionalmente. Evidentemente era culpable de sus horribles actos, pero Arendt quedó fuertemente sorprendida por cómo alguien aparentemente normal hubiera sido capaz de cometer esos actos horribles, sin cuestionar el sistema o sus fines.

En realidad, algo similar ocurre en nuestras empresas con mucha más frecuencia de lo que pensamos. La inercia del día a día nos lleva a aceptar el sistema imperante sin cuestionarnos su idoneidad y, un día, nos sorprendemos de que en nuestra empresa se acepten y vean como normales conductas que, desde fuera, a cualquiera llamarían la atención. Demasiadas organizaciones, aún hoy, en plena época de la gestión del talento, no hacen sino fomentar que la única aportación de sus trabajadores sea el cumplimiento mecánico y eficaz de las tareas asignadas, mientras escuchamos a los propios directivos quejarse del escaso compromiso e implicación de sus trabajadores. ¿Escasa implicación? ¡Pero si precisamente hacen lo que les hemos enseñado a hacer!

Cuando una conducta o una actitud no sólo no se refuerza sino que se sanciona, esta (esa iniciativa, sugerencia, idea, propuesta de mejora,…) tiende a extinguirse. Si además, el entorno creado favorece esa indiferencia hacia el cambio, el innovador, el creativo, el trabajador comprometido dejará de estarlo y, aún peor, llegará a aceptar por bueno el rol mecánico que se le ha asignado: habrá muerto su voluntad y deseo de cambio. Cuando esto pasa, cuando nos rendimos ante un jefe o un responsable que anula nuestras capacidades, el fracaso no solo debe ser achacado a este: parte de nosotros también habrá fracasado y la banalidad del mal nos habrá vencido.

Mientras lograr un trabajador desmotivado resulta relativamente sencillo (hasta los peores jefes saben desmotivar muy bien), lograr un trabajador comprometido no solo es difícil, sino que será el resultado de un trabajo diario, constante y coherente. El reto de la gestión del talento en nuestras organizaciones es una de las mayores tareas a las que debe enfrentarse cualquier gestor de personas. Incentivar el pensamiento crítico para construir mejores sistemas de trabajo, lograr identificar las mejores capacidades de cada persona y lograr hacerles sentir partícipes de un proyecto común son sólo algunas de las pautas a seguir para conseguirlo.

A falta de una hoja de ruta o manual, el sentido común puede ayudarnos: ¿nosotros estaríamos motivados en el entorno que contribuimos a crear? Si la respuesta es sí, enhorabuena. Si al contrario la respuesta es negativa, ¡enhorabuena igualmente!: bienvenido al reto de la gestión del talento.

Rafael Delicado

Consultor Equipo Humano