La selección de personal en tiempos de prisas

Incluso en procesos tan relevantes como la selección de personal, muchas decisiones se toman con la sensación de que el tiempo aprieta.

No te preocupes, no es tu culpa… 

Resulta que vivimos en un mundo que va muy deprisa.
Todo ocurre rápido: los mensajes, las respuestas, las decisiones, los cambios.

Nos hemos acostumbrado a que lo inmediato sea lo normal.
A que esperar incomode.
A que parar parezca perder el tiempo.

Y, casi sin darnos cuenta, ese ritmo se nos mete dentro.
Nos adaptamos.
Corremos.
Nos exigimos seguir el paso, porque de lo contrario… No llegamos.

¿A dónde no llegamos? ¿A qué no llegamos? 

A veces no tenemos esa respuesta, pero simplemente sabemos que no llegamos.

Pero también sabemos —aunque a veces se nos olvide— que no todo se puede hacer bien a esa velocidad.
Que hay cosas que necesitan pausa.
Que hay decisiones que se toman mejor respirando hondo.
Que no todo lo importante debería resolverse con urgencia.

Elegir un proyecto de vida.
Elegir con quién trabajar.
Elegir a quién incorporar a un equipo.

¿Te suenan a decisiones pequeñas? Sin embargo, en más de una ocasión, el ritmo que nos mueve nos obliga a tratarlas como si lo fueran.

Los procesos de selección no están al margen de este ritmo acelerado.
Al contrario: lo reflejan bastante bien… 

Desde el lado de las empresas, la prisa suele tener motivos muy reales:

Un puesto vacío pesa.
Un equipo sobrecargado se resiente.
Un proyecto no puede esperar.

Aparece entonces la sensación de urgencia: “hay que cubrirlo ya”.

Y con ese “ya”:

Se toman decisiones rápidas.
Se recortan tiempos.
Se simplifican procesos.
Se buscan soluciones conocidas.
Se confía más en impresiones inmediatas que en comprensión profunda.

No porque no importe acertar, sino porque el contexto empuja a resolver cuanto antes.

Desde el lado de las personas, la prisa también existe, y los motivos también son reales:
Buscar trabajo no suele ser un proceso tranquilo…
Hay cansancio, necesidad, incertidumbre, presión económica o emocional.

A veces la prisa es por empezar cuanto antes.
O por no perder una oportunidad.
O por no quedarse atrás.

Entonces se acepta más rápido.
Se preguntan menos cosas.
Se silencian dudas.
Se dice que sí antes de haber terminado de pensar.

Una empresa con prisa por cubrir.
Una persona con prisa por entrar.

Ese encuentro suele producir procesos veloces:
entrevistas rápidas, discursos preparados, expectativas resumidas… 

Decisiones casi inmediatas: si te lo piensas, te lo pierdes.

A veces funciona.
Pero otras veces, lo que se genera es un acuerdo apresurado:  

“probamos y ya vemos”.

Y lo que se ve después es:

que el puesto no era exactamente así,
que el encaje no era tan claro,
que el equipo no funcionaba como se imaginaba,
que las expectativas estaban mal calibradas.

Surge entonces una frase muy habitual:

“¿Cómo no me he dado cuenta antes?”

Y aquí otra pregunta incómoda:

“¿Realmente no vi las señales… o no quise parar a mirarlas?”

Entonces, por un momento, somos conscientes:

La prisa no solo reduce la duración de un proceso… también cambia su calidad.

No hay hueco para profundizar, para matizar, para preguntar, para entender el contexto

¿Qué contexto?

El del momento de la empresa,
del equipo que recibe,
de la historia de la persona que llega.

Contextos que no siempre caben en una primera impresión.
Ni en una respuesta rápida.
Ni en un currículum llamativo.

Contextos que requieren conversación.
Escucha.
Y un poco de tiempo real.

¿Parar para qué?

Parar para preguntarse:

si esto es realmente lo que necesitamos,
si esto es realmente lo que queremos.

Desde las empresas y desde las personas.

No para alargar procesos sin sentido, sino para dar espacio a lo importante.

Porque un proceso de selección no es solo un trámite administrativo.
Es un punto de cruce entre decisiones profesionales y decisiones vitales.

Y eso merece algo más que prisa.

Vivir demasiado deprisa, es muchas veces vivir sin mirar.

La prisa nos hace perder matices.
Conversaciones necesarias.
Dudas útiles.
Preguntas incómodas.

Y quién sabe si, a veces, nos hace perder personas que habrían encajado bien si hubiera habido un poco más de espacio para conocerse.

No porque no estuvieran ahí, sino porque pasaron demasiado rápido.

Tal vez, en un mundo que corre tanto,
detenerse un poco a la hora de elegir
sea una forma de cuidar mejor.

A las empresas.
A las personas.
Y a los encuentros entre ambas.

Quizá no podamos frenar el ritmo del mundo, todavía no tenemos el truco… Pero hay algo que estos humanos sí podemos hacer:

acompañar a quienes, en medio de tanta prisa,
quieren elegir con un poco más de calma.

Ahí es donde decidimos estar:
entre empresas y personas,
poniendo palabras donde hay prisas
y tiempo donde hay decisiones importantes.

Andrea Ruiz, una humana de Equipo Humano.