El 20 de enero de 1961 John Fitzgerald Kennedy terminó su discurso de investidura con las siguientes palabras: “No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país”. La reflexión fue importante en aquellos momentos de turbulencia política y económica.

Si en la actualidad nos hicieran esta pregunta, mi respuesta sería: “Quiero aumentar la productividad de mi empresa para ser más competitivo, y esto aumentará la riqueza de mi país”.

Se acepta que el origen del concepto de “productividad” es debido a un economista francés llamado Queslay, que ya en 1766 hablaba que la regla fundamental en la empresa es conseguir la mayor satisfacción con el menor gasto o fatiga posible. En la actualidad, el concepto de productividad no ha variado de forma sustancial, entendiéndose como el proceso consistente en combinar todos los factores de producción para producir bienes o servicios de la forma más eficaz.

Desde este punto de vista, podemos afirmar de una forma general que la productividad es el resultado de los productos y/o servicios generados, dividido entre los recursos dispuestos para generar dichos servicios y/o productos. En función del sector, podemos hablar del tiempo invertido, de las materias primas invertidas, de los recursos humanos dispuestos, etc., para generar unos resultados satisfactorios para la organización.

En cualquiera de los casos, siempre hablamos de recursos invertidos para conseguir unos resultados, y cuando hablamos de recursos valiosos o estratégicos de una organización, tenemos que destacar el Capital Humano como uno de los recursos que más coste pueden suponer para las organizaciones y al cual, quizás no le prestemos toda la atención que se merece.

Está totalmente demostrado que unos recursos humanos comprometidos, motivados, con una clara definición de sus funciones, con una organización interna bien analizada y definida, entre otros aspectos, aumentan de forma considerable la productividad de las empresas y, por ende, la competitividad de las mismas. Pero, entonces, ¿por qué somos tan poco productivos en nuestros puestos de trabajo según las encuestas europeas? Según la Oficina Europea de Estadística, conocida como Eurostat, los españoles trabajan 232 horas más al año que la media europea, y sin embargo, aquí se produce menos.

Estos datos ponen en marcha un inevitable mecanismo de análisis para ver qué podemos cambiar en una organización, no solo para suavizar ese dato, si no para beneficiarnos del incremento de competitividad como empresa individual y en el entorno nacional.

  

 

Hagamos una serie de preguntas para conocer si estamos poniendo las medidas oportunas para aumentar la productividad de nuestro equipo humano:

 

– ¿Sabe cada persona de la empresa exactamente lo que se espera de ella en su puesto de trabajo? ¿le hemos explicado porque ocupa ese puesto?

– ¿Le hemos dicho qué es lo que hace mal y lo que hace bien?

– ¿Obtienes feedback sobre tu forma de motivar? ¿estás seguro de que realmente motiva?

– ¿De qué forma quieres desarrollar tu empresa? ¿sabes cuál es tu objetivo?

– ¿Qué acciones formativas necesita para aumentar la productividad en cada área?

– ¿Has explicado de forma detallada y con tiempo por qué y cómo conseguir ser más productivo?

– ¿Has transmitido qué significa el compromiso y la implicación en la empresa?

– ¿Retribuyes extraordinariamente cuando una persona es excelente en su puesto?

– ¿Conocen las personas de tu empresa cómo prosperar dentro de ella?

– ¿Has preguntado a tus compañeros cómo podéis mejorar los resultados?

– ¿Tenemos claramente definidos los procesos de la empresa?

– ¿Hemos comunicado qué es lo que quiere conseguir la empresa?

– Y, ¿cómo quiere conseguir dichos objetivos?

Si a las preguntas anteriores tus respuestas son afirmativas, tu productividad será alta, pero si por el contrario has respondido negativamente a alguna de esas preguntas, tienes un reto por cumplir.

 

En aquellas organizaciones donde la negación a estas preguntas es un hecho se imponen las percepciones individuales, claros enemigos de la productividad empresarial. En esas organizaciones reina la adivinación sobre qué se espera de cada puesto y cada persona. Los trabajadores basan sus funciones, su forma trabajar y de vivir en comunicaciones informales o de “pasillo”, que tienen como consecuencia inevitable una caída en la productividad final, sea cual sea el puesto ocupado. Remar en una dirección implica conocer dónde está el norte de cada una de nuestras acciones, y esto es una información que solo los máximos mandatarios de una empresa poseen.

Pongámonos manos a la obra y definamos aquellos aspectos que tienen una relación demostrada en la productividad y la generación de valor. Definamos, escuchemos, dialoguemos, pensemos, describamos, analicemos, … con un único fin: guiar a nuestro Capital más preciado, las personas, hacia en camino de la productividad, la única vía de la mejora a todos los niveles.

Yo me he puesto a ello. ¿Te gustaría empezar?

 

José Enrique García

Director General de Equipo Humano